06 Octubre 2008    
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La Siete Pisos en Nueva York
Por Roberto Arturo Ayala*

Cuando en 1944 la Metro Goldwyn Mayer abrió el mercado del doblaje de sus películas al español, se organizó en México un cuadro de actores, capitalmente de radio, entre quienes estaba Roberto Ayala, mi padre, para ir a trabajar en Nueva York.

Entre los que partieron –hay una foto de recuerdo-, unos en grupos numerosos, otros en parejas y algunos más por su cuenta, estaban Blanca Estela Pavón, Margarita Michelena, Mimí Bechela-ni, Cuca “la Telefonista” Escobar, Coralito Perrín, Ciro Calderón, Pablo Ruelas Núñez, Rodolfo Navarrete, Paco Obregón, Galo Díaz, Guillermo Portillo Acosta, Víctor Alcocer, Miguel Angel Ferriz, Edmundo García y otros que se escapan de la memoria, desdeñaron la época de oro del cine mexicano que estaba en su apogeo a cambio de prestar sus voces en español a grandes de Hollywood, llámense Humphrey Bogart, Lana Turner, Vivien Leigh, Leslie Howard o Thomas Mitchell.

Todos ellos –y entre los que se contaba Roberto Ayala, a la sazón de 22 años--, trabajaban explotando su voz para ganarse el pan, y ante la perspectiva de hacerlo en dólares, aceptaron acudir a la Urbe de los Rascacielos –todavía no era La Gran Manzana-- en plena Segunda Guerra Mundial. Así, en ese primer viaje, mi padre se fue acompañado de Ernesto Finance.
Hicieron esa travesía en autobús, que entonces hacía cinco días con sus noches. Como no tenían más que lo estrictamente necesario para sus gastos, una buena manera de ahorrar era en las comidas. Por eso, Finance fue quien le presentó el singular bocado, la torta Siete Pisos, a Roberto Ayala.

Era la más extraña combinación de jamón con sardina que alguien pudiera imaginarse. Inclusive ahora, cuando se mencionan los ingredientes de este genial bocado, muchos alzan las cejas o las fruncen, pues consideran inconcebible el condumio. Pero tenía la ventaja de que a pesar del paso del tiempo, si uno le daba la oportunidad, podía durar hasta cinco días sin que se observaran indicios de que fuera a echarse a perder.

Posiblemente la Siete Pisos sí durase los cinco días que tardaba la travesía de la Ciudad de los Palacios a la Urbe de los Rascacielos, los comensales acabarían odiando el sustento, pero podían muy bien dar gracias por haber tenido candeal suficiente para atravesar la frontera y alcanzar su meta con el apoyo del notable bocado. Ya tendrían tiempo después para enfrentarse a las hamburguesas y los hot dogs –bocados ya populares, pero sin alcanzar los límites demenciales que ahora gozan-- durante el tiempo que durarse la temporada de doblajes.

Mi padre viajó varias veces, unas en autobús, otras en avión –más de una vez bajaron de la aeronave al trabajador mexicano para darle su lugar a un militar estadounidense en época de guerra— para prestar su voz en español a actores como Dane Clark y Clark Gable en filmes como Lo que el viento se llevó (Ya pintaba su tendencia a la gastronomía cuando dijo: “Francamente, querida, ¡me importas un comino!”); el caso es que el recuerdo de la socorrida Siete Pisos como alimento para llegar a Nueva York, a partir de entonces se hizo imperecedero. No olvide que una torta grande no siempre es una gran torta.

* Crítico gastronómico y Primer Tortólogo de México.

* El contenido y opinión en los artículos y reportajes son responsabilidad de su autor.
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