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Vinos y Bebidas:
Vendimia…¿Por qué festejamos?

El vino es el zumo de las uvas y para hacer un buen vino, es indispensable contar con un excelente fruto. La planta de la vid, de tronco retorcido y largos sarmientos, se adapta a terrenos de distinto origen geológico y de diversa constitución. Acepta, además, climas muy diferentes y puede vivir hasta cien años, según el tipo de planta, de clima, de zona y de cuidados. Pero siempre estará a expensas de la naturaleza y contra lo que nada o muy poco puede hacer la mano del hombre.

Degustar una copa de vino es el resultado de un largo proceso que inicia con el cultivo de la vid. La vid noble empieza a producir después del cuarto año de ser sembrada y, hasta el séptimo u octavo, el fruto obtiene su calidad óptima. Los promedios normales de vida de la planta, fluctúan entre los 25 y los 40 años.

La vid se reproduce por semilla, estaca, acodo, barbado e injerto. El método más común hoy en día, es el injerto, por la resistencia de los portainjertos a la filoxera, (Phylloxera Vastratrix) que es un pequeño insecto que vive sobre las raíces de las cepas y se alimenta de la savia. Es capaz de destruir prácticamente los viñedos.

El ciclo vegetativo de la vid, como planta, se ha regido por numerosos calendarios agrícolas desde la época medieval. A continuación detallo las actividades más características en el ciclo anual:

La fase de reposo comienza en diciembre, con las labores de desfonde previas a la plantación y continúa en enero, con la plantación de la cepa portainjertos. El frío del invierno ejerce una labor de desinfección, mata los insectos y evita enfermedades. La poda de la vid ocurre en febrero, y es buen momento para el abonado y el laboreo del suelo para darle forma a la cepa, nutrir y reparar el suelo, así como realizar los injertos en marzo; la fase de crecimiento se inicia en abril con la brotación, seguida en mayo de los tratamientos anticriptogámicos y, en junio de la floración. Comienza la fecundación e inmediatamente se inicia el desarrollo de los frutos, hasta mediados o finales de julio, creciendo poco a poco. A finales de julio o agosto, ocurre la fase conocida como madurez, en el cual el fruto verde cambia de color con el envero y prosigue en septiembre con la vendimia propiamente dicha, ya que a finales de septiembre u octubre, el fruto no tiene más transformaciones, está maduro.


Después de la caída de la hoja, la cepa queda aletargada, reteniendo en sus raíces y tronco, las sustancias elaboradas a través de sus hojas y así permanecerá durante todo el periodo invernal, en espera de la primavera. En este momento, se labran los suelos, se abonan en octubre, para terminar en noviembre con la colocación de postes y alambres, preparando la tierra para las primeras lluvias invernales. Después de unos días se iniciará la poda para darle a la cepa su fertilidad, vigor y calidad, e iniciar, una vez más, el ciclo vegetativo anual de la vid.

A lo largo de este ciclo, el clima (y sus manifestaciones), la tierra, los seres vivos y el hombre, influyen en las condiciones de desarrollo de la planta. La acción del hombre sobre el terreno y las cepas es indispensable para conseguir un perfecto crecimiento de la viña. Los viticultores tienen una responsabilidad decisiva preparando el terreno para que las raíces crezcan sanas y abonándolo para facilitar la formación de la savia.

Sin embargo, la vid está expuesta a dos males que pueden afectar la calidad de sus frutos: Los de origen atmosférico (heladas, granizos, etc.) contra los que nada o muy poco puede hacer el viticultor, y los producidos por los insectos y parásitos, frente a los cuales se utilizan tratamientos de prevención.

Año con año, la historia de cuidados, trabajo, inversión de tiempo y dinero, se repite, con el propósito de lograr, a pesar de los riesgos, la obtención de los mejores frutos. A veces, la naturaleza es favorable, en otros casos, desgraciadamente juega un papel contrario y, la pérdida de cosechas no significa únicamente la imposibilidad de elaborar vinos de calidad, sino, también, la pérdida económica a nivel de familias, de empresa y de mercado.

Por eso, durante el mes de agosto, cuando se inicia la cosecha de la uva y culmina el largo proceso de cuidado del viñedo, el ambiente de la casas vitivinícolas mexicanas es de emoción, aliento y alegría. La vendimia es tiempo de esperanza, de ver cristalizado el arduo trabajo de un año y de agradecer y festejar la buena cosecha. Es el símbolo del trabajo culminado del agricultor que recibe en frutos el premio de su esfuerzo.

El origen de la fiesta de la vendimia se remonta a la antigua Grecia, como un rito de paz y placer para venerar a la deidad de Dionisio (Baco, dios del vino en Roma) a quien se le rendía tributo por cinco días.

Actualmente, en nuestro país, cada bodega realiza la celebración con una personalidad definida y relativa a sus orígenes y los eventos que llevan a cabo son tan variados como las propias empresas.

Algunos son totalmente festivos, otros aluden a sus raíces rememorando a través de bailes y vestuarios típicos, otros más, mantienen vivas las tradiciones en donde se muestra el sincretismo de lo pagano y lo religioso, como es el caso de la Hacienda de San Lorenzo en Parras, Coahuila, cuya fiesta coincide con la celebración del Santo Patrono del pueblo. Lo que resulta común, divertido y atractivo, es el pisado de las uvas, que representa y rememora el anterior proceso de prensado para la obtención del mosto.

Elegantes, casuales, diversas y siempre divertidas, así son la fiestas de la Vendimia en México, que este año nos han dejado recuerdos maravillosos, con la esperanza de volver a gozarlas el año venidero y festejar una nueva cosecha, que, finalmente, nos permitirá brindar por ella con una copa de excelente Vino Mexicano.

* Sommelière y Coordinadora de Promoción de Vinos Mexicanos. Asociación Nacional de Vitivinicultores, A.C.
E-mail: pmere@vinosdemexico.org

Información retomada del Boletín Vino Mexicano de la Asociación Nacional de Vitivinicultores. Para ver el boletín dar<< click aquí >>

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